pregunta si tus padres
dejaron de quererse al engendrarte.
de ser así, nunca verás la luz con buenos ojos
y tendrás que inventarla cada día.
- francisco hernández
pregunta si tus padres
dejaron de quererse al engendrarte.
de ser así, nunca verás la luz con buenos ojos
y tendrás que inventarla cada día.
- francisco hernández
Estamos en el auto con S. Brianna en los asientos de atrás. No sabemos a dónde ir. Llegamos a una rotonda y S. nos hace dar vueltas y vueltas. No vamos a dejar de girar hasta que no decidamos a dónde ir. Dax, ailleurs, des petits villages. Rien.
los niños del estado francés
“Como nunca le alcanza el tiempo (o al menos así lo imagina), presa de los plazos y los retardos, usted se empeña en creer que va a resolverlo todo poniendo orden en lo que tiene que hacer. Se elabora programas, planes, calendarios, plazos. Sobre su mesa y en sus ficheros, cuántas listas de artículos, de libros, de seminarios, de diligencias por hacer, de llamadas de teléfono que dar. Todo este papeleo, de hecho, no sirve de nada, usted no los consulta nunca, ya que una conciencia angustiada lo ha dotado de una excelente memoria respecto a sus obligaciones. Pero es algo irreprimible: usted alarga el tiempo que le falta, con la inscripción misma de esa falta. Llamemos esto la compulsión del programa (es fácil adivinar su carácter hipomaniático); los Estados, las colectividades, aparentemente, tampoco están exentas de ella: ¿cuánto tiempo perdido en hacer programas? Y como tengo previsto hacer un artículo sobre esto, la idea de programa se convierte a su vez en una compulsión de programa.
Invirtamos ahora todo esto: estas maniobras dilatorias, estos esconces del proyecto son tal vez la escritura misma. En primer lugar, la obra no es nunca más que el meta–libro (el comentario previsional) de una obra por venir, que, al no hacerse, se convierte en esa obra precisamente: Proust, Fourier no escribieron más que “Prospectos”. Luego, la obra no es nunca monumental: es una proposición que cada quien vendrá a saturar como quiera, como pueda: yo le paso a usted una materia semántica para que la haga correr, como el anillo en el juego. Finalmente, la obra es un ensayo (de teatro), y ese ensayo, como en una película de Rivette, es verboso, infinito, entrecortado por comentarios, por excursus, entretejidos con otras cosas. En una palabra, la obra es un escalonamiento; su ser es la gradación: una escalera que no termina”. (R.B.)
Viajé en el TGV con la mamá de Daniel Faraday y con Charly Pace. No podía con mi valija, pero unos ingleses con canoas se apiadaron de mí y la subieron al vagón del equipaje; se me escaparon unas lágrimas de impotencia. Después los ingleses desaparecieron pero apareció Charly Pace. Tuvimos que cambiar de tren por un desperfecto técnico, subir y bajar escaleras, y él se hizo cargo de mi monstruo de 29 kilos sin decirme una palabra. Is not penny’s train.
La mamá de Faraday me sonreía y quería hablarme. Me preguntó si era inglesa. Cuando dije ‘argentine’, estuvo unos segundos en silencio y dijo ‘argentine’. Mi pronunciación horrible se hizo entender. Me mostró un plano y cuando llegamos a Dax, se acercó para avisarme que habíamos llegado. Era como una abuela abrazable que sonreía.
Me esperaba Paule con un cartel que decía Fernande. Es mucho más simpática que por mail, o eso parece. Me llevó en su auto hasta la residencia. Mi valija se rompió justo en la puerta. Con el guardián me hicieron firmar unos contratos, nada memorable, salvo que me sentí estafada. No es fácil regular la desconfianza.
La residencia es hermosa.
Caminar por las calles de una ciudad por primera vez. Con un mapa.
Ir al supermercado. Atrocidades como queso con sabor a vainilla. No sé si voy a viajar pero tengo bien claro que voy a recorrer mucho Leclerc.
Para sufrir, sufro por amor. Escenas a 10.000 kilómetros, o más, no sé, una distancia que google maps no sabe calcular.
(Ésta soy yo saliendo de Mac Donalds en plena oscuridad con una bici rosa. Vas a volver más F., dice D. )
Hace una semana, estábamos juntos. Me despertó con mate y acariciándome la cabeza, porque se iba al psicólogo. Lo esperé en el Abasto y me compré una camisa. Comimos un sánguche de jamon crudo, pan árabe y semillas de amapola. “¿Esto hace algo?” No sé.
Si nos hizo algo, nos hizo bien. Después fuimos a lo de M. y tomamos agua. Nos encontramos con Martín y vimos Vélez – San Lorenzo. Ahora nos reímos porque acá voy a la Banque Populaire.
Ese día tuvimos una conversación hermosa y desgarradora, sobre las garantías que no existen, y había una luz muy dorada en su departamento, como para fotografiar lo que fuera que estábamos diciendo. A la noche me encontré con María, también hablamos mucho y tomamos cerveza en un patio. Estaba prendida su luz del quinto piso cuando llegué, la vi desde afuera.
Si pudiera desterrar algo desterraría la mezquindad.
Pensé en vos toda mi tomografía de cerebro