paradoja de olbers

paradoja de olbers

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"Entre los papúes -dice el geógrafo Barón- el lenguaje es muy pobre; cada tribu tiene su lengua, y su vocabulario se empobrece sin cesar porque, después de cada deceso, se suprimen algunas palabras en señal de duelo"

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Hay que ser muy valiente - Ángel González

Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.
Contra lo que se cree comúnmente,
no es siempre el miedo asunto de cobardes.
Para vivir muerto de miedo,
hace falta, en efecto, muchísimo valor.

ruby dance

Vení, Ruby, bailemos.
Hagamos karaoke a cappella en la fiesta en silencio.
Hagamos el amor en Beijing porque el nuestro es amor made in China.
Volvamos a los barcos
¿qué es, Ruby, esta obsesión por lo náutico?
¿Te acordás todavía?
¿Guardás entre tus cosas
nuestro primer encuentro?
¿No es cansador llamarse siempre igual?
Perdón.
Mi mente siempre se está yendo.
Como quien ni siquiera oye llover.
Ruby,
los libros que compramos
¿no nos quedaban lindos?
Leíamos por encima,
sin pronunciar palabras mentalmente.
(Leíamos
como vivíamos.)
O en voz alta.
No sé quién sos de verdad,
no sé si alguien lo sabe.
Esas personas que son todo claridad me encantan.
¿Te acordás
las agujas
cómo sonaban al caer?

Y reíamos
y fumábamos.
Fumábamos sin parar.
Dios mío, Hammett,
cómo fumábamos.

Y entre tanto,
respirar:
‘¿Viniste?
Hay pececitos en la orilla’.
Ponerle plazos a tu mente
es lo peor que vos podés hacer.
Crucemos de la mano.
Sí, si vos no vas conmigo, sola.
Casi te doy la mano.
Para cruzar, me acuerdo.
No hay aliento que empañe los cristales borrados.

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gentileza @lumpenar

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todo lo que no pude decirle a mi padre esa noche en la panadería

1- que se veía humillantemente bien para sus 68 años.
2- que lamento haberlo seguido,
haberlo golpeado,
haber anotado la patente de su auto
y haber dejado crecer en mí algo parecido al odio,
por algo tan insignificante como sus cejas.
3- que siempre voy a ser su espada de Damocles.
4- que habría preferido que fuese mi madre la que se viera tan saludable.
5- que odio sus cejas.
6- que lamento que esa noche, anterior a hoy, en este hospital en el que todo lo que nace es una pregunta - ¿qué cantidad de veces puede abrirse una misma herida? – esa noche, en la panadería, con veintiséis años de no verlo en ningún otro de los comercios de lo cotidiano, lamento no haber pensado a tiempo que lo único que tengo para decirle, además de que los glúcidos, carbohidratos o hidratos de carbono, son biomoléculas compuestas por carbono, hidrógeno, oxígeno, que prestan a los seres vivos energía inmediata y estructural, es que en mi madre se perdió una gran mujer.

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gentileza @lumpenar

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La ciénaga (un poema de Claudia Masin)

Una madre es siempre una ciénaga.
(Osvaldo Bossi)



Preguntaste si tenía miedo. Mejor dicho,
nada preguntaste. Una madre nunca pregunta
lo que realmente quisiera saber. Me miraste
y algo en tu mirada decía ¿tenés miedo?.
Yo, a veces, no encuentro la respuesta y callo
como si mi corazón fuera un reloj cuyas agujas
se detienen cada vez que tu mirada, ansiosa,
lo consulta. Algunos pájaros
sobrevolaban la piscina de aguas verdosas,
contaminadas. Tendrías que haber renovado el agua
al terminar el último invierno, me dijiste. Quizás es
imposible
resistir la tentación de dejar pasar el tiempo, abandonar,
quedarnos sentados en la orilla mirando el deterioro.
Presenciar cómo, lentamente, la simpleza
del agua cristalina se transforma
en la complejidad de una ciénaga. Tal vez
la única libertad posible sea
la de negarse a mover un dedo, aunque se te vaya
la vida en ello. Preferiría no hacerlo,
como el personaje del cuento. Preferiría no moverme.
Ví una vez, aquí, cerca del pueblo, un animal
agonizante. Había caído dentro de un pozo
de agua estancada. Imaginemos:
el animal va muriendo día a día, de a poco.
No puede moverse. El agua podrida le llega hasta el cuello,
¿le preguntarías a ese animal si tiene miedo?
Las tragedias son vulgares, ocurren todo el tiempo.
¿Podrías hablarme hasta que la noche caiga
y llegue el sueño? Quisiera que el rumor
de tu voz me adormezca, como si fuera
la música perezosa de las cigarras en pleno verano,
y después callarnos los dos, una madre
y su hijo callados, sentados en las sillitas
de plástico despintadas, para que el tiempo
pase cerca nuestro, apenas rozándonos,
y todo esté tan silencioso que no advierta
que estoy esperando que su paso me ignore
y me deje aquí, al lado tuyo,
abandonado.

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